El aire que respiramos
La Folha de São Paulo publica hoy un avance de un estudio sobre la calidad del aire en seis grandes ciudades brasileñas: São Paulo, Río de Janeiro, Curitiba, Porto Alegre, Belo Horizonte e Recife. La conclusión del estudio, que no debe sorprender a nadie que haya pasado un tiempo por estas tierras, no deja de ser un recordatorio del alto precio que se paga por vivir en las metrópolis brasileñas: en todas ellas la presencia de contaminación en el aire supera los límites máximos establecidos por la Organización Mundial de la Salud. ¿La campeona? São Paulo, como no podría ser de otra forma.
Mañana es el Día Mundial sin Coches, cuyo impacto en las ciudades brasileñas será insignificante. Mientras tanto, las políticas públicas reales (no las de la publicidad institucional) continuarán dando prioridad al transporte particular. São Paulo es un ejemplo excepcional. Dos grandes obras públicas en marcha en la ciudad en estos momentos. Una, un gigantesco puente que va a unir un gigantesco atasco a otro gigantesco atasco. Eso sí, localizado en las proximidades de dos barrios selectos de la ciudad. La segunda obra, la cuarta línea del metro de la ciudad, que avanza a paso de tortuga (¡seis años para hacer una línea de metro!), con accidentes constantes y fallos de ingeniería escandalosos.
El consejo para los visitantes: aquellos que sufráis de problemas respiratorios, evitad São Paulo.
ACTUALIZACIÓN: acabo de ver la entrada Recado aos Motoristas en el siempre interesante Sampaist, con un montaje fotográfico de una originalísima protesta que le viene de perillas a esta entrada. En la pared de uno de los túneles de la ciudad se lee, en letras gigantescas, “Finde, vaya en bicicleta”, “Use el autobús”, “Use el metro”, “Por menos contaminación”, “Día mundial sin carros”. Lo más sensacional es que las letras no fueron pintadas en las paredes del túnel, no. Fueron diseñadas lavando la capa de contaminación que cubre las paredes del túnel, la misma contaminación que recubre los pulmones de los paulistanos y que hace que la esperanza de vida del que vive en la capital sea casi dos años menor que la del que vive en otro lugar de Brasil.
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